Puede que si te estás haciendo esta pregunta es porque ya tienes suficientes indicios claros de que, de alguna forma, ha habido abuso en tu relación o tienes conocimiento de alguien cercano a ti. O, puede que leas esto porque has llegado hasta aquí por simple curiosidad, y al final te plantees algunas cosas.
En muchas relaciones de pareja, el abuso sexual no adopta la forma que culturalmente asociamos a la violencia (sé que puede estar explotándote la cabeza, pero sigue leyendo) No hay golpes, insultos ni amenazas explícitas. Tampoco una escena que encaje en el imaginario de abuso sexual como acto forzado o violento. Sin embargo, bajo la superficie de aparente normalidad, pueden darse prácticas que vulneran el consentimiento y la libertad sexual de una persona, sostenidas por dinámicas de desigualdad (asunción de roles), miedo o deseo de agradar.
Cuando hay cariño, convivencia, historia compartida, creencias individuales erróneas forjadas en el pasado…muchas personas minimizan lo ocurrido: “solo fue insistente”, “no quería discutir”, “no fue para tanto”. En este punto, el consentimiento deja de ser una elección libre, y pasa a ser una respuesta condicionada por la dinámica de la relación.
Por otro lado, puede que nos cueste más identificar o reconocer conductas más concretas que uno de los miembros de la pareja realiza sin previo consentimiento y/o consenso que de manera aislada podrían ser inofensivas, por ejemplo: realizar una práctica sin previo aviso (penetración anal, por ejemplo) cuando se estaban realizando otras prácticas que si eran satisfactorias para ambos, no mantener medidas de protección durante el encuentro sin indicar a la otra parte, incluir en la práctica de la pareja a otras personas aprovechando que está bajo los efectos de algún toxico (o sin previo aviso, sabiendo que la otra parte no va a decir nada en ese momento), exponer a la pareja a prácticas que no desea bajo la excusa de “experimentar”, aprovechar que la otra persona está durmiendo para realizar prácticas no pactadas previamente, realizar fotografías o vídeos sin que la otra persona lo sepa (e incluso compartirlo/difundirlo). Pero también puede presentarse en forma de omisión, cuando uno de los miembros evita cualquier forma de contacto o intimidad como modo de castigo o control, convirtiéndose el deseo o el rechazo en moneda de cambio.
Estas conductas no siempre son reconocidas como violencia porque se dan en el marco de una relación aparentemente funcional, donde existe afecto, rutina y/o convivencia. El contexto amoroso actúa como una capa de legitimación: lo que en otro entorno sería visto como invasión, dentro de la pareja se disfraza de “obligación conyugal”, “necesidad de mantener la chispa” o “deber de complacer”. Este tipo de justificaciones son culturalmente aprendidas y se sostienen en mitos que aún vinculan el amor con la entrega total o el sexo como un deber.
Desde la psicología, es esencial subrayar que el consentimiento no es un sí automático derivado de la relación. Es una decisión libre, informada y reversible. No se trata solo de violencia física, sino de dinámicas que anulan la autonomía sexual, el derecho a decidir cuándo, cómo y con quién tener relaciones.
¿Como puedo saber si estoy llevando a cabo una relación sexual y no una práctica abusiva?
Con la regla de las 3C: comunicación, consenso y consentimiento (desde la libre elección). Si esto no ha ocurrido antes, durante y después, no ha sido una práctica sana.
¿Como puedo saber si he sido víctima de una relación sexual abusiva? Es difícil, porque no hay un acto concreto de agresión, sino una acumulación de situaciones incómodas que generan culpa, vergüenza o desconexión. En consulta, es frecuente que aparezcan relatos de malestar tras encuentros sexuales “consentidos”, donde el cuerpo dice sí pero la emoción dice no. Se trata de consentimientos bajo presión emocional, miedo a la ruptura o deseo de evitar conflictos. A largo plazo, esta desconexión entre el deseo y la conducta puede generar ansiedad, disminución del deseo, evitación de la intimidad y pérdida de autoestima.
El abuso sexual dentro de relaciones sin maltrato explícito pone en evidencia que la violencia no siempre se percibe como tal. Puede expresarse en gestos pequeños, en silencios, en la forma de interpretar el cuerpo del otro. Es un fenómeno que se alimenta del poder simbólico que uno de los miembros ejerce sobre la sexualidad del otro, y de una cultura que todavía asocia el sexo con la obligación, el deseo masculino con necesidad y la negativa femenina con resistencia o juego.
Para abordar esta realidad, es necesario cambiar el foco: no preguntarnos tanto si hubo resistencia o fuerza, sino si hubo libertad para decir que no.
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